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Summary: Desierto

En la conmovedora narración del evangelio de hoy, nos encontramos en presencia de Juan el Bautista, de pie decidido en la vasta extensión del desierto. Su apasionada súplica resuena en el árido paisaje y llega a oídos del pueblo de Judea. Con convicción inquebrantable, les implora que se adentren en el desierto abierto, que se despojen de las trampas de sus vidas familiares y se abran al encuentro transformador con Dios.

El acto de aventurarse en el desierto se convierte en un símbolo profundo, una elección deliberada de renunciar a las muletas sobre las que a menudo se apoya nuestra vida. Los trabajos, las relaciones y las prácticas religiosas rutinarias son los pilares sólidos de nuestra existencia y brindan una apariencia de estabilidad. Sin embargo, Juan nos llama a soltar estos cimientos aparentemente seguros, para embarcarnos en un viaje simbólico hacia la árida extensión del desierto. Es en este acto de entrega que allanamos el camino para el toque transformador de Dios.

A lo largo de las páginas de la Biblia, el desierto se presenta como un espacio sagrado de encuentro con lo Divino. El pueblo de Israel, en su estancia, descubrió los caminos de Dios en medio del árido desierto. Sin embargo, esta revelación tuvo un costo : tuvieron que abandonar las comodidades de Egipto, abandonando lo conocido por lo desconocido. Incluso Jesús, antes de comenzar su ministerio público, se retiró al desierto durante cuarenta días, un período de profunda introspección y profundización de su relación con el Padre.

El llamado de Juan al pueblo a entrar en el desierto tiene ecos de este rico legado bíblico. Es una invitación a abandonar las falsas esperanzas y seguridades, esos cimientos ilusorios que construimos para nosotros mismos, y abrazar una dependencia radical sólo en Dios. El desierto, en su crudeza, se convierte en el lienzo sobre el que se pinta el arte del encuentro divino.

Al encarnar su predicación, Juan Bautista vivió una vida de sencillez. Su vestimenta distintiva y sus modestos hábitos alimenticios eran marcadores visibles de una verdad profunda : el verdadero significado de la vida trasciende las posesiones materiales. En el desierto, despojado de los adornos innecesarios de la vida social, se encuentra un lienzo sobre el que se puede pintar la auténtica conexión con Dios. Es una llamada a una vida desprendida de las preocupaciones superfluas que a menudo abarrotan nuestra mente y nuestro corazón.

Aventurarse en el desierto, como propugna Juan, se convierte en el paso inicial en el camino del verdadero arrepentimiento. Simboliza la voluntad de deshacernos de las barreras protectoras que podrían obstaculizar el alcance de Dios en lo más profundo de nuestro corazón. Es un salto audaz hacia lo desconocido, una elección deliberada de exponernos al poder transformador del encuentro divino.

A medida que se desarrolla la temporada de Adviento, la Iglesia resuena con la voz de Juan el Bautista, pidiendo arrepentimiento y confesión en anticipación de la inminente llegada. Es un momento oportuno para redescubrir nuestra absoluta dependencia de Dios. Como los israelitas en el desierto, reconocemos que nuestros corazones están inquietos hasta que encuentran descanso en lo Divino. Esta comprensión se convierte en el impulso para un arrepentimiento genuino, haciéndose eco del ejemplo de Juan el Bautista.

En la vasta extensión del desierto encontramos una metáfora de los paisajes internos de nuestro corazón. Al atender el llamado de Juan de dar un paso hacia el desierto abierto, creamos un espacio para que Dios nos encuentre y nos toque de maneras inimaginables. Es una invitación a ser transformados, a abrazar una sencillez de vida que permita una relación profunda con lo Divino. En este acto de entrega, nos hacemos eco de las palabras de la oración: "Que el corazón de Jesús resida en todos nuestros corazones. Amén".

Mientras navegamos por el desierto espiritual del arrepentimiento y la anticipación, que los ecos del llamado de Juan resuenen en nuestras almas, llevándonos al corazón de Jesús, donde nos aguardan el verdadero descanso y la transformación. Que el corazón de Jesús resida en todos nuestros corazones. Amén.

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