Summary: La cruz no fue una tragedia inesperada; fue el plan soberano de Dios que Jesús abrazó voluntariamente.

En muy contadas ocasiones nos encontramos entre semana en un culto de adoración a nuestros Señor. Hoy es una de esas ocasiones porque estamos recordando y reconociendo los eventos históricos que forjan la esencia de nuestra fe y nuestra salvación.

En semana santa recordamos los eventos cruciales de la vida de Jesús que trajeron el fundamento de nuestras vidas y nuestra fe.

Cuando pensamos en estos hechos históricos redentores, generalmente pensamos en la cruz y en la tumba vacía, en la muerte y la resurrección de Jesucristo. Pero es una realidad que a veces los momentos más importantes de la historia no comienzan cuando pensamos que comienzan.

Y cuando pensamos en la cruz de Cristo, nuestra mente va inmediatamente al viernes, al Gólgota, al monte Calvario, a los clavos, a la oscuridad y al grito final de Jesús: consumado es. Pero el Evangelio de Mateo en su capítulo 26 nos muestra algo muy importante: la cruz comenzó antes de la cruz.

Antes de que los soldados romanos levantaran la cruz, antes de que los clavos atravesaran las manos de Jesús, antes de que la multitud gritara “crucifícalo”, Jesús ya estaba hablando de su muerte, explicando su significado y sometiéndose al plan del Padre. La cruz comenzó antes de la cruz.

En Mateo 26 vamos a encontrar algo sorprendente: este capítulo está lleno de señales de que Jesús sabía exactamente lo que estaba ocurriendo y que todo formaba parte del plan de Dios.

En Mateo 26 veremos como Jesús anunció explícitamente su muerte, representó lo que iba a ocurrir en su muerte y también aceptó voluntariamente el plan acordado con el Padre respecto a su muerte. Veremos la muerte anunciada, la muerte representada y la muerte aceptada. Todo para cumplir con la misión por la que vino nuestro Señor: a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Por eso, esta noche que recordamos ese día en el que Jesús se sentó a la mesa con sus discípulos, veremos cómo la cruz fue central antes de que ocurriera en la historia. La cruz comenzó antes de la cruz. Y esa muerte debe también ser central para todos los que seguimos a Jesús como sus discípulos.

Primero veamos La muerte anunciada.

Dice Mateo 26:1-2: Después de exponer todas estas cosas, Jesús dijo a sus discípulos: «Como ya saben, faltan dos días para la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen».

Así comienza el capítulo 26 y aquí vemos que Jesús no es nada críptico al hablar a sus discípulos acerca de su muerte. Con todas sus palabras les dice “el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.”

A estas alturas, estas palabras no debían causar extrañeza a sus discípulos pues ya era la cuarta vez que les decía explícitamente algo así. Se los había dicho en Mateo 16, Mateo 17 y Mateo 20.

O sea, esto de la muerte, esto de la crucifixión, era algo que ya habían escuchado antes los discípulos, no obstante, no parece que tuvieran alguna reacción a estas palabras. Casi me parece como cuando tu abuelita ya ancianita comienza a decir cosas raras ya por su edad y tú simplemente haces como que no escuchaste.

Así pareciera porque el texto no nos reporta alguna reacción congruente con el tamaño de estas declaraciones de Jesús.

Sin embargo, aunque los discípulos están medio perdidos en todo esto, no obstante, Jesús tiene la más grande claridad de lo que está ocurriendo y va a ocurrir, de tal manera que lo puede anunciar de antemano.

Jesús no está sorprendido por lo que viene. No está confundido. No está reaccionando a eventos inesperados.

Él sabe. Por eso lo anuncia.

A lo largo del capítulo, Jesús da varias señales de que conoce exactamente el camino que está recorriendo. Y conoce el programa y el plan, de tal manera que anuncia en repetidas ocasiones su muerte.

Primero, anuncia su crucifixión, como ya vimos. Luego, cuando una mujer lo unge con un perfume muy caro, Jesús dice para defender la acción de esta mujer ante las críticas severas de sus discípulos hacia esta mujer, él dice en el versículo 12: “Al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura”.

Mientras otros ven un acto extraño o exagerado, Jesús ve una preparación para su entierro después de su muerte.

Más adelante, también notamos que, al enviar a los discípulos a preparar la Pascua, parte del mensaje que debían dar al dueño del aposento alto donde celebrarían la fiesta era que ya su tiempo de partir estaba cerca y por lo tanto, era prioridad pasar este tiempo con sus discípulos. Así lo declaró en el versículo18: “Mi tiempo está cerca.”

Jesús sabía que el reloj de la redención estaba marcando ya la hora.

Más adelante, ya estando en la mesa con sus discípulos para celebrar la pascua, anuncia la traición que lo llevaría a la cruz diciendo en el versículo 21: —Les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar.

Y aún más, anuncia el abandono de todos cuando enfrentara su muerte en los versículos 31-32: —Esta misma noche —dijo Jesús— todos ustedes me abandonarán, porque está escrito: »“Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea».

Si iba a resucitar, tenía que morir primero. Como vemos, Jesús anunció la cruz antes de la cruz. Jesús lo tenía muy claro. Es impresionante ver esto.

Mientras los líderes religiosos conspiraban, mientras Judas planeaba traicionarlo, mientras los discípulos no entendían del todo lo que estaba sucediendo. Jesús sí sabía, porque era parte del plan pactado en la eternidad.

Nada de esto es accidental. Nada de esto toma a Cristo por sorpresa. La cruz no fue un error histórico. No fue un plan que salió mal. La cruz fue el plan de Dios desde el principio.

Esto tiene una implicación muy profunda para nosotros. Al recordar esta noche lo que aconteció alrededor del establecimiento de la mesa del Señor, podemos estar seguros que

nuestra salvación no dependió de un accidente histórico. No dependió de una tragedia inesperada.

Nuestra salvación descansó desde siempre en el plan soberano de Dios. Cristo no murió como una víctima de las circunstancias. Murió como el Salvador que sabía exactamente lo que estaba haciendo. El es aquel cuya misión expresa era buscar y salvar lo que se había perdido.

Mi hermano, nuestro Señor no estaba echando los dados con nuestra salvación. Él anunció su muerte porque para eso había venido.

Nuestro Dios no fue un improvisado con la salvación de su pueblo. La muerte anunciada, nos garantiza que el resultado de la misma es seguro y que estamos seguros confiando en el salvador de nuestras almas que murió en nuestro lugar.

Pero Jesús no sólo anunció su muerte, sino también, en este capítulo 26 encontramos su muerte representada antes de que sucediera.

Consideremos La muerte representada

Dice Mateo 26:26-28 Mientras comían, Jesús tomó pan y lo bendijo. Luego lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciéndoles:

—Tomen y coman; esto es mi cuerpo. Después tomó una copa, dio gracias y se la dio a ellos diciéndoles: —Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto que es derramada por muchos para el perdón de pecados.

En medio de la celebración de la Pascua ocurre uno de los momentos importantes del cristianismo: Jesús estableció un sacramento del nuevo pacto. Un ritual que sus discípulos debían seguir practicando a partir de ese punto hasta que él regresara.

Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos. Luego explicó lo que representaba o a lo que apuntaba ese pedazo de pan partido en sus manos: Esto es mi cuerpo.

Después tomó la copa, aquella copa que tenía el fruto de la vid y se la dio a sus discípulos indicando que todos debían tomarla y explicando que representaba su sangre que sería derramada con la finalidad de perdonar los pecados.

Jesús está haciendo algo extraordinario. Antes de que su cuerpo fuera quebrantado históricamente, antes de que su sangre fuera derramada, Él explicó lo que significaría su muerte y dejó este ritual santo como un anuncio visual del evangelio.

La cruz no sería solamente una ejecución romana. No sería solo una injusticia humana. Sería un sacrificio redentor. El pan representaba su cuerpo entregado. La copa representaba su sangre derramada.

Su Cuerpo partido y su sangre derramada, su muerte tendría un propósito claro: el perdón de los pecados.

A través de su muerte podríamos tener la reconciliación de los pecadores con Dios.

Por eso cada vez que celebramos la Cena del Señor, no estamos simplemente recordando un evento histórico.

Estamos anunciando el significado de la cruz. La comunión es un anuncio visible de las buenas noticias del evangelio que nos recuerdan que nuestra salvación costó el cuerpo y la sangre de Cristo ofrecidos una vez y para siempre.

Esta mesa nos señala que Cristo se presentó una vez y para siempre como un sacrificio para quitar de en medio el pecado. Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos.

En esta mesa está representado el cuerpo partido de Cristo y su sangre derramada como un sacrificio de reconciliación, cuando él se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y a través de ese sacrificio, Dios estaba en Cristo reconciliando consigo mismo al mundo. En esta mesa se representa el drama de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestra reconciliación con el Padre.

Y en virtud de esa sangre derramada, representada por la copa del nuevo pacto, podemos ahora acercarnos, no como arrimados o advenedizos, no como huérfanos, sino como hijos. Ya no a recoger las migajas que caen de la mesa, sino con un lugar en la mesa como coherederos con Cristo.

Al participar de esta cena que el Señor nos dejó como un sacramento permanente enfatizamos varias cosas:

Hacemos visible el costo de nuestro pecado. Nuestra redención no fue barata. Costó el cuerpo y la sangre de Cristo. También subrayamos el amor de Cristo, quien entregó voluntariamente su vida por nosotros para reconciliarnos con Dios. Y celebramos la gracia del perdón. Su sangre fue derramada “para perdón de los pecados”.

Pero también al celebrar la cena del Señor, afirmamos nuestra esperanza de un día tener la plenitud del reino del Señor cuando por fin el pueblo de Dios ya esté con su Señor.

Como el mismo Jesús lo dijo en Mateo 26:29: Les digo que no beberé de este fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta aquel día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre.

Así que esta mesa apunta al regocijo final que tendremos cuando Cristo coma de nuevo con su iglesia esta cena porque significará que el Reino de los cielos se ha establecido en su plenitud en la tierra.

Mientras tanto, cada vez que comemos de este pan y bebemos de esta copa, la muerte del Señor anunciamos, hasta que él venga. En su mesa, hacemos visibles las realidades espirituales del evangelio gracias a la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor.

Pero en Mateo 26 no solo encontramos la muerte anunciada y la muerte representada, sino también, en tercer lugar, se nos muestra la muerte aceptada.

De los versículos 36 al 46 se nos describe lo que pasó después de la cena. Después de la cena, Jesús y sus discípulos fueron al huerto de Getsemaní, donde solían ir a orar.

Aquí vemos uno de los momentos más profundos y humanos del ministerio de Jesús.

En Mateo 26:38-39 Jesús dijo a Padro y a los hijos de Zebedeo: «Es tal la angustia que me invade que me siento morir —dijo—. Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo». Yendo un poco más allá, se postró rostro en tierra y oró: «Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú».

Cristo estaba experimentando el peso real de lo que venía. La cruz no solo implicaba dolor físico. Era la carga del pecado de los culpables. Sería la experiencia del juicio de Dios sobre el pecado.

Por eso Jesús oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa.” Pero inmediatamente añadió las palabras que muestran el corazón de su obediencia: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú.”

En Getsemaní vemos algo glorioso. Vemos al Salvador luchando en oración, pero rindiéndose en obediencia. Jesús no evitó la cruz. Jesús la aceptó.

Nuestra salvación descansa en esta obediencia perfecta de Cristo. Donde nosotros fallamos en obedecer, Cristo obedeció.

Donde Adán falló en someterse a la voluntad de Dios, Cristo se sometió perfectamente.

Por eso Pablo dice que Jesús fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Así que hermanos, nuestra salvación no depende de nuestra obediencia perfecta, sino de la de Cristo. Donde nosotros fallamos, Cristo fue fiel. Gracias a su obediencia es que nosotros somos salvos.

Si hoy vienes sintiéndote débil, indigno o insuficiente, recuerda: Tu esperanza no está en tu desempeño espiritual, sino en la obediencia del Salvador.

Al participar de la Mesa del Señor recuerda que tenemos un lugar en ella porque Jesús aceptó cumplir esa parte del plan en la que él tenía que morir y dijo: no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Como hemos visto, cuando pensamos en la cruz solemos pensar en lo que conmemoramos el viernes. Pero Mateo 26 nos muestra que la cruz comenzó antes de la cruz.

Primero, la muerte fue anunciada. Jesús sabía exactamente lo que venía. Después, la muerte fue representada. Jesús explicó su significado e implicación en la Cena. Finalmente, la muerte fue aceptada. Jesús se sometió al plan del Padre en Getsemaní.

Nada ocurrió por accidente. Todo fue parte del plan de Dios para salvarnos.

Y ahora, al acercarnos a la mesa del Señor, recordamos esto: Cristo sabía lo que venía. Cristo aceptó lo que venía. Y Cristo murió por nosotros.

Y por eso hoy podemos acercarnos con gratitud y fe, recordando que su cuerpo fue entregado y su sangre fue derramada para el perdón de nuestros pecados.

Si Cristo anunció la cruz, podemos confiar en su palabra.

Si Cristo representó la cruz, podemos entender su significado.

Si Cristo aceptó la cruz, podemos descansar en su obra terminada.

Esta noche, al acercarnos a la mesa: No vengas como espectador. No vengas por tradición. No vengas distraído.

Ven recordando que: Nuestro pecado fue real. Tan real que necesitamos un salvador. Su sacrificio fue real. Murió en nuestro lugar. Su perdón es real. Aquel por quien Cristo entregó su cuerpo y derramó su sangre ha sido perdonado para siempre de sus pecados. Y nuestra esperanza es real. Esta cena es un anticipo del banquete eterno.

Gózate por lo que Cristo ha hecho por ti. Proclama su obra de amor, anuncia su muerte hasta que él venga y fortalécete para vivir cada día para su gloria hasta el día que le veamos cara a cara y cenemos con él al ser llamados a la cena de las bodas del Cordero para vivir con él por los siglos de los siglos. Amén.