Summary: El discipulado mundial implica trascender fronteras, culturas y corazones.

La primera semana que llegué a la ciudad de Jackson, Mississippi en los Estados Unidos, para un curso propedéutico de inglés para estudiantes extranjeros del seminario, se organizó una reunión de bienvenida para todos los que proveníamos de otros países del mundo.

Allí conocí a una pareja que venía de Grecia, a un hombre de Indonesia, a otro de República Checa, a unos hermanos venezolanos y a varios coreanos, entro otros hermanos de otras partes del mundo.

Nos pidieron que llevemos algún alimento para compartir y yo, como no sabía hacer casi nada, me atreví a hacer unos frijoles negros refritos como para botanear.

En cierto, momento de la reunión estaba buscando mis frijoles y no los encontraba, hasta que di con ellos en la sección de postres. Habían pensando que era un pastel de chocolate. Corregí la confusión y los coloqué en su lugar correcto.

Pero eso no es lo que más recuerdo de esa noche. Sino lo más significativo para mí fue cuando al final, se nos invitó a tener un tiempo de oración y cada uno pudo hacerlo en su lengua materna.

¡Qué experiencia! Todos hablando al padre celestial en idiomas representativos de varias partes del mundo. Griego, Checo, indonesio, español, coreano, etc. ¡Todos discípulos de Cristo! ¡Todos queriéndose preparar para seguir llevando el evangelio al mundo! Una sola iglesia en todo el mundo que habla varios idiomas pero que ha sido alcanzada por el mismo evangelio.

Fue una de las primeras veces que tuve consciencia más concreta de la naturaleza mundial o global que tiene la misión de la iglesia de hacer discípulos de todas las naciones.

Este mes hemos estado hablando de la misión de hacer discípulos, es decir, una persona que cree en Cristo, crece en Cristo y comparte a Cristo.

Y hemos hablado de este discipulado como el proceso intencional, relacional y continuo por el cual la iglesia ayuda a cada persona a creer en Cristo, crecer en Cristo y compartir a Cristo, de modo que se formen discípulos que hagan más discípulos.

Y ese discipulado lo hemos visto aplicado en diversos contextos como la familia, la iglesia y nuestra comunidad alrededor. Hoy nos toca cerrar nuestra serie, reflexionando sobre el discipulado a las naciones, el discipulado más allá de nuestras fronteras, el discipulado en el mundo.

En la cultura de discipulado que deseamos tener como iglesia queremos que el discipulado de las naciones, el discipulado en el mundo, también sea un eje central de nuestros pensamientos y acciones.

Quizá a penas estamos cayendo en cuenta de la misión que tiene la iglesia que consiste en el discipulado. Y quizá ya empezamos a ser más conscientes de nuestro discipulado en nuestras familias, iglesia y entorno inmediato.

Pero no debemos parar allí. Sino debemos seguir creciendo en entendimiento y práctica del discipulado más allá de nuestro entorno inmediato, e incluso más allá de nuestro país. Debemos mirar que la misión no se agota en la esquina de nuestra casa, sino tenemos que ir mucho más allá, a todos los confines de la tierra.

Jesús mismo al declarar la misión de la iglesia lo hizo con palabras nada ambiguas. Él dijo: Vayan y hagan discípulos de TODAS las naciones. En otra parte dijo: Y me serán testigos, en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra.

Este día queremos centrarnos en la parte de la misión “hasta lo último de la tierra”.

Y para hacerlo estaremos considerando un pasaje en el libro de los Hechos capítulo 8. Si hay un libro que nos muestra el impulso inicial de la misión de la iglesia es el libro de los Hechos.

Este pasaje del libro de hechos encontraremos tres verdades acerca del discipulado a las naciones. Tres implicaciones de llevar el evangelio hasta lo último de la tierra.

Las últimas palabras dichas por Jesús en el libro de Hechos fueron que los discípulos serían testigos progresivamente en varios lugares comenzando desde Jerusalén y en onda expansiva se iría extendiendo el evangelio a Judea, Samaria y llegaría hasta los confines de la tierra.

Cuando llegamos al capítulo 8, el evangelio ya se propagó en Jerusalén y Judea. En Hechos 8 se nos narra que la iglesia de Jerusalén fue sacudida por la persecución tras la muerte de Esteban.

Pero lo que lo que hubiera parecido una tragedia, Dios lo usó como un impulso misionero. Los creyentes de Jerusalén son esparcidos por la persecución y, al irse, van anunciando el evangelio por las regiones donde van yendo.

Así llega un creyente llamado Felipe, uno de los primeros diáconos, a la ciudad de Samaria. Recordemos que los judíos y los samaritanos no tenían relaciones muy cordiales. Pero Felipe lo que hace al llegar a la ciudad es ponerse a compartir el evangelio y muchos samaritanos creen en la palabra del Señor.

Felipe está teniendo un ministerio fructífero en Samaria. Hay conversiones, milagros, gozo en la ciudad. Es tan así, que hasta una comisión apostólica viene a corroborar que todo esto está en orden, pues era casi inimaginable que el evangelio fuera también recibido por los samaritanos.

Humanamente hablando, todo iba muy bien. El sueño ministerial de toda persona que se dedica al evangelio. Se había encontrado un nicho para el evangelio y el sueño de todo ministro hubiera sido quedarse ahí para siempre.

Pero Dios tenía otros planes de acuerdo con la misión. Dice Hechos 8:26: Un ángel del Señor dijo a Felipe: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza».

Aquí es donde encontramos nuestra primera verdad acerca del discipulado mundial: El discipulado implica trascender fronteras.

Esto no lo hubiera visto venir. Estábamos en medio de un avivamiento claro en Samaria, no obstante, Dios saca a Felipe de este avivamiento ministerial para enviarlo a un camino solitario, a un camino del desierto. ¿Qué lógica podía tener esto?

Pero, aunque para nosotros no tenga mucho sentido, tiene todo el sentido del mundo cuando lo vez a la luz de la misión. El evangelio no puede detenerse estático en un solo lugar, sino debe seguir avanzando pues debe llegar hasta los confines de la tierra. El evangelio debe ir más allá de nuestras fronteras. Por lo tanto, el hacer discípulos implica trascender fronteras.

Felipe en obediencia al llamamiento de Dios, deja Samaria y va hacia el desierto. Geográficamente, está moviéndose hacia África. Históricamente, este episodio marca uno de los primeros avances del evangelio hacia otro continente.

Y ahí, en ese camino insospechado, tiene un encuentro con un hombre inesperado. Se trataba de un eunuco etíope. El eunuco no era judío. Era africano. Era funcionario de otro reino. Era, en términos culturales y étnicos, “de los otros”.

Pero, como vemos, el discipulado no iba a detenerse en Jerusalén. No iba a detenerse en Judea ni en Samaria. El evangelio debe seguir avanzando. Dios está mostrando que el discipulado no tiene fronteras.

Mis hermanos, debemos ampliar nuestra visión de la misión.

No es suficiente con discipular en nuestra familia o iglesia local, ni solo en Mérida o en México como país. Por supuesto, es muy bueno, pero no suficiente a la luz de la misión global.

Debemos constantemente preguntarnos: ¿cómo podemos participar en el avance del evangelio más allá de nuestras fronteras?

No todos podremos ir físicamente a otras naciones, lo cual sería maravilloso, poder ir en este tipo de misión, pero todos podemos orar por misioneros o las obras que se están haciendo en otras naciones. Podemos incluso ofrendar y apoyar para las misiones transculturales. Podemos incluso educar y formar a nuestros hijos con una visión global de la misión de Cristo en la tierra. Y quizá comencemos a ver misioneros levantarse de esas nuevas generaciones.

En fin, podemos involucrarnos yendo, enviando y sosteniendo. El discipulado implica trascender fronteras con el evangelio de Cristo.

Pero hay una segunda implicación del discipulado mundial. En segundo lugar, El discipulado implica trascender culturas.

Hechos 8:27-28 dice: Felipe emprendió el viaje, y resulta que se encontró con un etíope eunuco, alto funcionario encargado de todo el tesoro de la Candace, reina de los etíopes. Este había ido a Jerusalén para adorar y, de regreso a su país, iba sentado en su carro leyendo el libro del profeta Isaías.

Al obedecer a Dios en la misión, Felipe no solo cruza una frontera geográfica; cruza una frontera cultural. Ya lo había hecho, de alguna manera, con los samaritanos, pero ahora, el brinco cultural era mayor.

Se encontraba rebasando fronteras culturales pues el hombre a quien debía compartir era un etíope, era un africano. Además, era un hombre en eminencia, era funcionario real. Aunado a esto, era eunuco, y por esta condición, aunque tenía una afinidad por el Dios de los judíos, según la ley judía, lo marginaba del pleno acceso al templo en Jerusalén.

Sin embargo, el Espíritu Santo impulsa a Felipe diciéndole: “Acércate y júntate a ese carro.” No era un movimiento cómodo, culturalmente hablando. Pero el evangelio requiere de estos movimientos en los que vayamos más allá de nuestras fronteras y comodidades culturales.

Nuestro llamado al discipulado de las naciones, sin duda, implicará trascender comodidades culturales para llegar a otros lugares donde la gente necesita escuchar las buenas noticias.

Como iglesia mexicana estamos bastante acostumbrados a misioneros de países como Estados Unidos. Es algo normalizado para nosotros. Pero ha llegado el tiempo, y ya estamos bastante atrasados, de vernos como ser nosotros los enviados o los que envían misioneros al mundo.

Nos ponemos muchas barreras, entre ellas económicas, pero todo empieza con abrazar la visión de Dios para el mundo y confiar en su poder y provisión, para creer en verdad de que el evangelio no es “occidental”, ni “latino”, ni “africano”. Es el mensaje del reino de Dios para todas las culturas de mundo.

Y así como el Señor usó a judíos, en la iglesia primitiva, para llegar al mundo de los no judíos, el Señor puede usar a la iglesia mexicana, para llegar a otras naciones en el mundo donde el evangelio aún no ha llegado. Aun nosotros, somos parte de la misión global de Cristo.

Si lo pensamos un poco, nuestra ciudad en los últimos años atrae a muchos extranjeros, vemos cada día más cubanos, estadounidenses, venezolanos, personas de diversas naciones orientales. Entonces, quizá nosotros nunca podremos ir a cuba, Venezuela o china, pero si vemos las cosas desde el punto de vista de la misión, el campo misionero ha llegado hasta la puerta de nuestra casa. Oremos por oportunidades para alcanzar con el evangelio a personas de otras culturas.

Las fronteras y las culturas representan grandes desafíos para la misión, pero el que nos envía prometió estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

El discipulado mundial implicará trascender fronteras y culturas, pero hay algo más que encontramos en este pasaje.

En tercer lugar, El discipulado implica trascender corazones.

Hechos 8:29-35 dice: El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro». Felipe se acercó de prisa al carro y, al oír que el hombre leía al profeta Isaías, preguntó: —¿Acaso entiende usted lo que está leyendo? —¿Y cómo voy a entenderlo —contestó— si nadie me lo explica? Así que invitó a Felipe a subir y sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente: «Como cordero fue llevado al matadero, como oveja que enmudece ante su trasquilador, ni siquiera abrió su boca. Lo humillaron y no le hicieron justicia. ¿Quién describirá su descendencia? Porque su vida fue arrancada de la tierra». —Dígame usted, por favor, ¿de quién habla aquí el profeta, de sí mismo o de algún otro? —preguntó el eunuco a Felipe. Entonces Felipe, comenzando con ese mismo pasaje de la Escritura, le anunció las buenas noticias acerca de Jesús.

La mayor frontera no es geográfica ni cultural. Es espiritual. Lo que aleja realmente a una persona del evangelio no es la distancia en kilómetros, sino la dureza que el pecado causa en los corazones. Es tan radical esto, que la Escritura habla de que las personas sin Cristo, están muertas, aunque tengan pulso y signos vitales.

El pecado del corazón es el problema más grande del ser humano que lo aleja de Dios. Pero precisamente, esto es lo que hace el evangelio en la vida de una persona, trae vida, abundante y eterna en Cristo.

No importa el idioma, no importa la cultura, no importa la historia nacional y personal, todo ser humano necesita lo mismo: Necesita recibir por la fe y por gracia el perdón de los pecados logrado solo por la obra y persona de Jesucristo. Este es el anuncio de las buenas noticias que necesitamos llevar más allá de nuestras fronteras y culturas.

Felipe encontró en el desierto a un hombre que había ido a Jerusalén en su afinidad por el Dios de los judíos, pero regresaba con muchas preguntas. Tenía deseo de una religión, pero lo que en verdad necesitaba era redención.

Tenía la Escritura, pero necesitaba comprensión. Tenía hambre espiritual, pero lo único que podría saciar su alma era Cristo.

Y Felipe le explicó que el Siervo sufriente de Isaías del que estaba leyendo en su carruaje es, precisamente, Jesús: Herido por nuestras transgresiones. Molido por nuestras iniquidades. Llevado como cordero al matadero.

Este corazón muerto que quería revivir con meras ideas religiosas, por fin, encuentra, por gracia, la vida única y verdadera que es Jesucristo.

El resultado es contundente. Con un sentido de urgencia responde al mensaje que cambia corazones y cuando ve agua, dice: “¿Qué impide que yo sea bautizado?”

Nada lo impide para aquel que cree en Jesús, para aquel que ha encontrado el camino, la verdad y la vida. El evangelio había trascendido su corazón pecaminoso y lo había convertido en un corazón sensible a la voz de Dios.

Esta cita había sido preparada por Dios. ¿Por qué dejó Felipe la comodidad de un ministerio fructífero y exitoso en Samaria para ir a un lugar desértico?

Porque Dios había preparado un corazón de otra cultura, de otras fronteras, para recibir lo que necesitaba para ser perdonado y transformado. Felipe cumplió la misión, fue a personas de otras naciones y le enseñó y le bautizó en el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo.

La misión de Dios siguió avanzando. ¿Cómo llegó el evangelio a Etiopía? La tradición cristiana sostiene que este hombre llevó el evangelio a Etiopía. Dios puede comenzar un movimiento nacional con un encuentro en el desierto.

Nunca subestimemos lo que el Espíritu Santo hace y puede hacer cuando el evangelio trasciende corazones.

Hermanos, la misión de hacer discípulos no se detiene en nuestra familia. No se circunscribe a nuestra iglesia. No termina en nuestra ciudad. No acaba en nuestro país.

El discipulado Trasciende fronteras, Trasciende culturas y Trasciende corazones.

La visión del discipulado global es una visión maravillosa que debemos tener siempre presente. Así como aquella noche en Jackon, MS, escuché oraciones en distintos idiomas dirigidas al mismo Padre, así también un día veremos delante del trono una multitud que nadie podrá contar de personas de toda tribu, lengua y nación adorando al Cordero por lo siglos de los siglos.

¿Cómo llegará esa visión global a ser una realidad? ¿Qué medios usa Dios para traer a la realidad su plan mundial para las naciones?

A través de discípulos que hacen más discípulos. A través de discípulos como Felipe, pero también a través de Danieles, Andreses, Karlas, Marías, de Juanes, Ricardos y de personas como tu y como yo.

La pregunta no es si Dios está avanzando su evangelio en el mundo, sino ¿Cómo puedo ser parte de esta gran misión global?

Que Dios nos ayude a estar dispuestos a dejar nuestra comodidad, a cruzar nuestras barreras, a compartir el mensaje, a reflejar y a apuntar a Cristo a los corazones perdidos. Y a ver en primera fila cómo Dios hace discípulos de Cristo… hasta lo último de la tierra.