Summary: El discipulado en la familia es un deber generacional, multiplicación exponencial y urgencia espiritual.

Imagina que estás en la cumbre de un monte alrededor del mar de Galilea. Has estado los últimos años de tu vida reciente andando, siguiendo, aprendiendo como discípulo de Jesús. Tú y tus compañeros no son más que un puñado de once hombres.

Entonces, Jesús le dice a este grupo pequeño de personas, que los envía para hacer más de ustedes, más discípulos, en todas las naciones del mundo para que sean integrados a la comunidad del pacto y para que aprendan a vivir de acuerdo con la enseñanza de Jesús. Luego, Jesús asciende al cielo y se pierde de la vista de ustedes entre las nubes con la promesa de estar con ustedes hasta el fin del mundo.

Una pregunta lógica que debió pasar por la mente de los discípulos seguramente fue: ¿Y ahora qué? La tarea es monumental. Los recursos humanos y materiales son escasos o nulos comparados con la envergadura del proyecto. ¿Cómo podremos cumplir esta misión?

Pero cuando ya estás al borde del colapso, recuerdas que Jesús dijo: “Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra”. Es decir, que podemos contar con que Jesús ya está reinando, y como rey nos envía a ser sus heraldos de su evangelio, de sus buenas noticias.

También te acuerdas que él dijo: “Recibirán poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra”. No estamos solos en el cumplimiento de la misión. No se realiza en nuestras propias fuerzas, sino en y por el poder del Espíritu Santo.

Y ese puñado de apenas once hombres, respondieron al envío de Jesús y fueron e hicieron discípulos, y esos discípulos hablaron del evangelio a otros e hicieron discípulos, y estos hicieron lo mismo, y así de época en época, de persona a persona, de nación en nación, el evangelio ha llegado a nosotros. Y aquí estamos en la ciudad de Mérida, un grupo de discípulos.

Mis hermanos, ¿cómo ven? Esa misión que se desprendió desde ese monte en el mar de galilea sigue vigente. Nos toca a nosotros seguir yendo y haciendo discípulos de Cristo hasta lo último de la tierra. Así como el evangelio nos ha llegado, debe continuar llegando a más personas.

El mes pasado hablamos del Evangelio, esas buenas noticias que nos hablan de la persona, mensaje e historia de Jesucristo que es poder de Dios para salvación. Y en continuidad con esto, ahora hablaremos de cómo llevamos ese evangelio partiendo de nuestro círculo más cercano (nuestro Jerusalén) hasta llevarlo a lo último de la tierra, más allá de nuestras fronteras.

Este mes estaremos hablando del discipulado. De cumplir la misión de hacer discípulos que hagan más discípulos.

Como iglesia hemos definido operacionalmente lo que es un discípulo como Una persona que cree en Cristo, crece en Cristo y comparte a Cristo.

Entonces, los que estamos aquí debemos preguntarnos ¿soy discípulo según esto? ¿Creo en Cristo? ¿Estoy creciendo en Cristo? ¿Soy intencional en compartir a Cristo con otros? Quizá muchos podríamos decir, sí creo y la verdad sí estoy creciendo, pero lo de compartir a otros, pues algo muy escaso o nulo en mi vida. Pues precisamente, por eso, estamos hablando providencialmente de este tema. Para que seamos discípulos que hacen más discípulos.

También como iglesia hemos definido el discipulado como el proceso intencional, relacional y continuo por el cual la iglesia ayuda a cada persona a creer en Cristo, crecer en Cristo y compartir a Cristo, de modo que se formen discípulos que hagan más discípulos.

Como vemos, estamos hablando de invertir mi vida en alguien más de manera intencional, relacional y continua para que lleguen a ser discípulos de Cristo, pero que se unan también a la misión de seguir avanzando el reino de Dios en la tierra.

¿Cómo te sientes? ¿Cómo los discípulos en el monte en galilea? Pues hay buenas noticias, porque Dios está involucrado en el cumplimiento de su misión, así que hermanos, no desaprovechemos todas estas oportunidades que tenemos de crecer en nuestro entendimiento y práctica del discipulado en varios contextos en los que nos desenvolvemos.

Este mes estaremos abordando el discipulado en el contexto de la familia, la iglesia, la comunidad alrededor y el mundo más allá de nuestras fronteras. Así que comencemos reflexionando en el discipulado, ese proceso intencional, relacional y continuo de hacer discípulos, en el contexto de la familia a la que pertenecemos.

Cuando hablamos de discipulado, muchas veces pensamos en programas de la iglesia, clases, estudios bíblicos o reuniones de grupos pequeños entre semana. Todo eso es importante, sin duda. Pero la Biblia nos muestra que el contexto más fundamental del discipulado no es un salón o un templo, sino un hogar.

Antes de que existieran grupos pequeños, antes que existieran los programas de los ministerios infantiles y juveniles, ya existía la familia como el espacio donde la fe debía ser transmitida.

Y esto enfatiza un hermoso Salmo: el salmo 78. El Salmo 78 nos recuerda que el discipulado no es una moda reciente, sino un mandato antiguo, urgente y generacional.

El salmo 78 es un salmo atribuido a Asaf que está lleno de alusiones de la historia del pueblo de Israel para demostrar cómo Dios ha estado y ha obrado de generación en generación.

En este salmo encontraremos, por lo menos, tres verdades acerca del discipulado en la familia que nos ayudan a reflexionar acerca de la nuestra y cómo hacer ajustes para que el evangelio sea legado a la siguiente generación que está a nuestro cargo, directamente, en el contexto familiar.

Primero, El discipulado en la familia es un deber generacional.

Salmo 78:1-4 NVI: Pueblo mío, atiende a mi enseñanza; presta oído a las palabras de mi boca. Hablaré por medio de parábolas y revelaré misterios de antaño, cosas que hemos oído y conocido y que nuestros antepasados nos han contado. No las esconderemos de sus descendientes; hablaremos a la generación venidera del poder del Señor, de sus proezas y de las maravillas que ha hecho.

El salmista comienza con un llamado solemne: “Pueblo mío, atiende a mi enseñanza…” No está hablando solo a líderes.

Está hablando a todo el pueblo y les dice algo clave: Estas enseñanzas que quiero que escuchen no me las he inventado, sino es lo que las generaciones anteriores nos han legado.

La fe que se compartía en el pueblo de Dios, no apareció de la nada. Sino fue transmitida de generación en generación. Una generación fue intencional en legar a la siguiente todo lo que habían recibido relacionado con el ser, carácter y obras de nuestro Dios.

Y habiendo reconocido este hecho de que las generaciones anteriores cumplieron su parte, ahora el salmista afirma que su generación entiende el deber generacional que tienen de transmitir lo recibido a los que vienen detrás de ellos.

Lo que una generación recibe de Dios, tiene la responsabilidad de transmitirlo a la siguiente. Notemos que el texto declara: “No las esconderemos de sus descendientes…”

No dice: “si tenemos tiempo”, ni “si ellos preguntan”. Sino dice: no las esconderemos. Es un deber transmitir la verdad acerca de Dios, de su carácter y sus obras a la siguiente generación. Por eso decimos que el discipulado en la familia es un deber generacional.

Si Dios nos ha dado hijos, tenemos un deber generacional hacia ellos. Si Dios nos ha colocado en contacto con una generación menor que nosotros y estamos en el contexto de una familia, tenemos ese deber ante ellos.

Hermanos, el discipulado en el seno de tu familia no es opcional, es un deber.

Si Dios nos ha puesto en una familia, sobre todo en posiciones de autoridad, no podemos delegar totalmente la formación espiritual a la iglesia. La iglesia tiene una parte en el apoyo de la formación de nuestros hijos, pero la responsabilidad fundamental recae en nosotros los que somos autoridad sobre ellos.

Como padres no podemos asumir que los hijos “aprenderán solos”. O que lo que reciben los breves momentos que están en el contexto de la iglesia será suficiente. Nosotros los tenemos toda la semana y cómo no aprovechar todo ese tiempo para discipularlos. No podemos guardar silencio espiritual en casa.

Muchos padres dicen: “Quiero que mis hijos decidan por sí mismos”. Pero la Biblia no dice: “Déjalos sin instrucción y que decidan”. Al contrario, la Escritura dice: instrúyelos para que conozcan al Señor. El discipulado en la familia es un deber ineludible.

Por eso, los que somos padres, rompamos el silencio espiritual en casa. Hablemos cotidianamente desde una perspectiva bíblica con nuestros hijos sobre todos los temas de la vida.

Desarrollemos tiempos de devoción familiar que incluyan leer la Escritura y orar en familia. Este mes de febrero, el sábado 28 habrá una actividad del Ministerio Infantil que precisamente nos ayudará a saber cómo hacerlo.

También, no dejemos de contar a nuestros hijos cómo Dios está obrando en nosotros y en nuestra familia. Reconocer su obra y presencia en la vida diaria es importante para que la siguiente generación conozca al Dios vivo y verdadero.

El discipulado en la familia empieza con conversaciones espirituales normales. Cuenta a tus hijos cómo conociste la gracia de Dios en la salvación. Comparte con ellos cómo el Señor te ayudó en un problema o cómo respondió a una oración. Necesitas conversaciones espirituales reales, de asuntos reales, para que tus hijos puedan ver que Dios es Dios en la vida real.

Quizá no tienes hijos, pero en la familia, Dios te ha puesto cerca de una generación más joven, (quizá eres tío, primo, sobrino) igualmente la misión requiere que tomes tu parte en la responsabilidad espiritual hacia ellos. Tu ejemplo, tus palabras y tu fe también cuentan para el discipulado en casa.

Por eso ora por los niños y jóvenes de tu familia por nombre. Habla del Señor y su palabra en conversaciones normales con ellos. Sé un ejemplo y referente espiritual confiable para los que vienen detrás de ti y te están observando.

También jóvenes que viven con sus padres, en cuanto el discipulado no sólo eres receptor, sino también estás siendo forjado como eslabón para hacer más discípulos. El legado de fe que estás recibiendo hoy, será mañana la fe que deberás transmitir. Por eso, escucha y abraza la enseñanza espiritual que estás recibiendo de las generaciones mayores, Prepárate para cumplir este deber que un día será el de tu generación.

El discipulado en la familia es un deber generacional, pero es algo más, en segundo lugar, El discipulado en la familia es multiplicación exponencial.

El Salmo 78:5-6 NVI dice: Él promulgó un mandato para Jacob, dictó una ley para Israel; ordenó a nuestros antepasados enseñarlos a sus descendientes,6 para que los conocieran las generaciones venideras y los hijos que habrían de nacer, que a su vez los enseñarían a sus hijos.

¿Podemos ver la dinámica planteada en el discipulado en la familia y sus efectos exponenciales?

Dios ordenó que los padres de las generaciones de antaño enseñaran sus mandamientos a sus descendientes, de tal manera que esas generaciones inmediatas los conocieran, pero el proyecto y efecto no termina ahí, sino que esas generaciones las enseñarían a sus descendientes y estos a su vez las enseñarían a las generaciones cuyo nacimiento ni aún se vislumbraba. Y así y así, generación tras generación perpetúa una relación con el Dios verdadero.

Esto es discipulado en cadena. No es suma. No es solo uno más. Es multiplicación exponencial.

Dios diseñó el discipulado en la familia para que el impacto crezca con el tiempo. Un padre discipula a su hijo. Ese hijo discipula a sus hijos. Y esos nietos, bisnietos y tataranietos y …demás descendientes (como se diga) perpetúen el legado de fe y relación en Cristo.

Por la gracia del Señor, soy la tercera generación de creyentes en mi familia y es mi oración y anhelo que mis hijos y los hijos de mis hijos y las siguientes generaciones que ni siquiera conoceré continúen este legado de fe.

Cuando discipulas a tus hijos, no solo estás formando una persona, estás invirtiendo en futuras familias. Estás impactando generaciones que tú nunca conocerás.

Tal vez nunca tendrás la oportunidad de compartir el evangelio a miles de personas. Pero si discipulas fielmente a tus hijos, tu influencia cristiana, para la gloria de Dios, puede perdurar más allá de tu tiempo en la tierra. El discipulado en la familia tiene efectos eternos.

A la luz de esta verdad, padres, el asunto importante en cuanto a la formación de nuestros hijos es que tengamos la convicción de que no estamos simplemente forjando hijos exitosos, o sanos, o atléticos o educados, sino hijos que sean discípulos de Cristo.

Nuestras prioridades familiares deben reflejar el objetivo que tenemos como creyentes de multiplicar la influencia del evangelio por generaciones.

También nosotros, los que no somos padres, en el contexto de la familia, nunca subestimemos el impacto de una palabra o un ejemplo cristiano fiel en alguien más joven que nosotros. Dios usa relaciones cotidianas para extender su reino. Por eso, invierte tiempo intencional en alguien más joven. Acompaña, escucha y modela una fe viva. Nunca sabes los alcances generacionales que puede tener ese esfuerzo intencional en el cumplimiento de la misión.

Joven en el contexto de tu familia, tu también puedes ser pieza clave en el discipulado de alguien más. Sé ejemplo y reflejo de Cristo para hermanos menores, primos o parientes. Tú puedes ser instrumento para que alguien en tu familia conozca el evangelio.

Deber generacional, multiplicación exponencial, pero hay algo más que debemos subrayar del discipulado en la familia, en tercer lugar, El discipulado en la familia es urgencia espiritual.

Dice el Salmo 78:7-8 NVI: Así ellos pondrían su confianza en Dios y no se olvidarían de sus proezas, sino que cumplirían sus mandamientos. Así no serían como sus antepasados: generación obstinada y rebelde, gente de corazón fluctuante, cuyo espíritu no se mantuvo fiel a Dios.

Aquí el salmista explica por qué es tan urgente discipular: Todos esos esfuerzos intencionales y relaciones de los padres, de la generación mayor de modelar, enseñar e inculcar la fe, podría tener el resultado de que la nueva generación confiara en el Señor del pacto y no menos importante, a través de esto, podrían llegar a ser una generación diferente a las anteriores, que no fueran una generación obstinada y rebelde, sino una generación que ame al Señor con todo su corazón y con todas sus fuerzas.

Como vemos, entonces, el propósito no es meramente que sepan cosas bíblicas, sino que lleguen a confiar en el Señor. La tarea del discipulado es mucho más profunda.

Hermanos, cuando no hay discipulado intencional, ¿cómo no esperar que los hijos crezcan con un corazón endurecido?

Y es que esta necesidad espiritual es urgente. El discipulado intencional es urgente porque el mundo está discipulando todo el tiempo. La cultura sin Cristo está imponiendo cosmovisión distorsionada constantemente. Y si las pantallas enseñan más horas que nosotros como padres, ¿Cómo podremos contrarrestar la influencia? Si no discipulamos nosotros, alguien más lo hará. No discipular a nuestros hijos no es algo neutral. Básicamente, es dejar que el mundo los discipule.

El discipulado en la familia es urgente. El discipulado no puede esperar a mañana; el corazón se tiene que formar hoy mismo.

Así que Padres, no posterguemos más este llamado urgente de discipular a nuestros hijos. Si no sabes cómo hacerlo, tienes que comenzar contigo. Tu propio crecimiento como discípulo se verá reflejado en lo que transmites a tus hijos. Por eso, comienza poniendo toda dedicación y entrega en tu crecimiento en Cristo, para que tengas más para darle a tus hijos.

Esto también es urgente para los que no tenemos hijos. Aunque no son tus hijos, siempre habrá alguien a tu alrededor que requiere ser discipulado. Hay niños y jóvenes que no tienen padres cristianos que los discipulen. Ahí está tu llamado. No adoptemos una actitud pasiva ante esta necesidad. Por eso, si ves la necesidad es porque quizá Dios quiere usarte para atenderla.

Joven, así están las cosas. Tus padres te han estado discipulando. La iglesia está apoyando en tu discipulado. Pero tu respuesta sigue siendo algo urgente. Confiar en Dios es para tu bien total, por eso no postergues tu respuesta a Dios. No podrás vivir para siempre de una fe prestada de tus padres. Toma parte en tu discipulado respondiendo con fe a la gracia que el Señor te está mostrando.

Y quizá eres el único creyente en tu familia. Ora para que Dios use tu vida para marcar un nuevo inicio en el rumbo familiar. Ora para que seas un discípulo que hace más discípulos en el contexto de tu familia.

Quizá todo esto suena abrumador ya seamos padres, hijos o miembros de una familia. El discipulado puede ser algo que nos haga sentir inadecuados o faltos de capacidad y nos haga quedar paralizados. Pero lo importante aquí es saber que esta tarea no la hacemos en nuestras propias fuerzas, sino con la dirección, fuerza y sabiduría del pastor de nuestras vidas.

Mira como termina el Salmo 78:70-72: Escogió a su siervo David, al que sacó del redil de las ovejas, y lo quitó de andar arreando los rebaños para que fuera el pastor de Jacob, su pueblo; el pastor de Israel, su herencia. Y David los pastoreó con corazón sincero; con mano experta los dirigió.

Así termina el salmo después de hacer un recuento histórico de cómo el pueblo se descarrilaba a pesar de tener todas las bendiciones y fidelidades de nuestro Dios. Entonces, para asegurar la dirección de su pueblo, Dios eligió al rey David, quien los pastoreó con mano experta y corazón sincero.

Sabemos bien, que David, en el análisis final, tampoco fue intachable en su papel de pastor de su pueblo. Se requería de alguien más. Y esa persona llegó a nosotros en la persona de un hijo de David, de un descendiente de David.

Jesucristo, el hijo de David, es el buen pastor. Es el único pastor, es el verdadero pastor que guía nuestras vidas con corazón sincero y mano experta.

Así que gracias a su vida, muerte y resurrección podemos saber hoy que todo lo que hacemos en el discipulado de acuerdo con la voluntad de Dios, tiene la dirección, protección y cuidado de nuestro buen pastor y redentor Jesucristo, en quien podemos verdaderamente confiar.

Por eso, confiando en la obra de nuestro pastor Jesucristo, cumplamos nuestro llamado a discipular en el contexto de nuestra familia recordando que el discipulado en la familia es un deber generacional, es multiplicación exponencial y es urgencia espiritual.

La meta es que las nuevas generaciones en nuestra familia sean discípulos que crean en Cristo, crezcan en Cristo y Compartan a Cristo para la gloria de Dios.