Summary: El evangelio es poder de Dios

La Señora Rosa María Mitchell ganó un premio. ¡Quién no estaría muy orgulloso de ganar un premio! Pero en el momento de la entrega pública no se le veía muy entusiasmada, como uno hubiera esperado.

Resulta que el premio que ganó fue el de un concurso lanzado por una compañía antiplagas que premiaría con una atención gratuita a su problema a la casa que resultara el caso más grave de infestación de cucarachas.

La Señora Mitchell ganó el concurso porque se calculaba que tenía en su casa de unas 60,000 a 100,000 cucarachas como residentes. Al estar recibiendo simbólicamente el vale de su premio, no se le veía muy orgullosa de haber ganado.

Y si hubieras sido tú, ¿sería una foto que subirías al Facebook o al Instagram con el título “bendecido”?

Quizá no lo haríamos por un poco de vergüenza. Es un poco vergonzoso ser la casa con más cucarachas de la cuadra. De este tipo de cosas pienso que todos nos avergonzaríamos, pero escucha algo que dijo el apóstol Pablo en Romanos 1:16ª NVI: “A la verdad no me avergüenzo del evangelio”.

Esto podría parecer extraño. De infestaciones de cucarachas podríamos estar avergonzados, pero ¿Del evangelio?

¿Por qué el apóstol sentiría la necesidad de aclarar de que si hay algo de lo que no se avergüenza es precisamente del evangelio? ¿Quién pensaría que cabría la posibilidad de avergonzarse de algo tan noble como el evangelio?

Y justamente Pablo, había dejado todo por el evangelio, su profesión, sus comodidades, su religión, ¿Cómo imaginar si quiera que se podía avergonzar del evangelio que predicaba?

Pero aún así, él lo aclara y lo subraya: “A la verdad no me avergüenzo del evangelio”, quizá porque sabe algo de nosotros. Reconoce que como creyentes podemos tender a sentirnos apenados, avergonzados o señalados, en algún momento o en algún contexto, de sostener como el fundamento de nuestras vidas el mensaje del evangelio.

Si somos sinceros, todos hemos estado ahí. Cuando estamos en el contexto de la iglesia y todos son afines al evangelio, hablamos con mucha confianza y con mucha seguridad de él; pero ¿qué tal cuando estamos en un contexto que es indiferente, opuesto o incluso hostil hacia el mensaje del evangelio que sostenemos?

Recuerdo que hace muchos años me reencontré con unos excompañeros de la universidad, de la facultad de educación, y comenzamos a ponernos al día acerca de nuestras vidas. Ellos me comentaban de los cargos o puestos en el sistema educativo a los que ya habían accedido y de su carrera en ascenso en el campo de la educación.

Y conforme se acercaba el momento de mi turno para hablar de mi “brillante” carrera, confieso que me vi tentado a pensar de menos de aquello a lo que había empezado a dedicar mi vida desde ese entonces como pastor de iglesia.

Por un momento, me vi tentando a buscar la manera de comunicar sobre aquello a lo que me dedicaba, de tal manera que no se escuchara, a los oídos de ellos, como algo simple, vano o incluso, tonto.

Confieso hermanos que, en esa circunstancia, por unos segundos, si quieres, experimenté “vergüenza” del evangelio. Lo vi como algo menor, algo sin brillo, algo superficial, algo no muy sofisticado, algo que quizá se debía ocultar o callar.

Tristemente, todos hemos estado ahí en algún momento de nuestra vida cristiana. Por ejemplo, a veces, en un restaurante, oramos con los ojos abiertos antes de los alimentos, porque sentimos un poco de pena de que nos vean haciéndolo públicamente y sobre todo si en otra mesa está alguien que nos conoce.

O como aquel hijo de pastor que cuando le preguntaban qué hacía su papá, el contestaba, “Mi papá es ministro”, como para dar entender, ministro de la corte o algo por el estilo.

Sí hermanos, Pablo sabía de esta lucha que todos podemos tener y por eso aclara, “En verdad, no me avergüenzo del Evangelio”. Como diciéndonos, ni ustedes deberían avergonzarse.

Pero el apóstol, no solo aclara que no se avergüenza del evangelio, sino nos dice por qué. Y su respuesta es muy importante para nosotros. Porque nosotros también debemos sostener el evangelio y compartirlo con toda confianza. Nosotros también debemos experimentar esa seguridad para vivir, hablar y anunciar el evangelio cueste lo que cueste.

Y Pablo sigue diciendo en Romanos 1:16a: “A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios”. Pablo sabía y tenía siempre presente algo del evangelio que nosotros a veces olvidamos: El evangelio es Poder de Dios.

El evangelio es poder. Hemos dicho este mes que el evangelio es una persona, es un mensaje y es una historia, y hoy cerramos con la verdad de que el Evangelio es poder, es poder de Dios.

Podemos avergonzarnos del evangelio porque quizá a veces lo vemos como un mensaje simple, insignificante, no tan sofisticado, anticuado, no tan popular, intelectualmente débil. De hecho, la Biblia dice que el mundo considera “locura” lo que predicamos como las buenas noticias.

Pero se nos está olvidando algo muy importante, que aunque este mensaje tenga una apariencia externa tan poco brillante, en el fondo es poder de Dios. Aunque el evangelio no brille por fuera, es poder por dentro.

La palabra que se traduce aquí como “poder” en este texto es la raíz griega de nuestra palabra “dinamita”. El evangelio es poder de Dios, es dinamita divina.

Uno de mis profesores en el seminario nos platicaba una anécdota de su juventud. Nos relataba que cuando estaba en la preparatoria los jóvenes llevaban sus automóviles a la escuela. Algo que hacían con frecuencia era calificar a todos los carros que entraban al estacionamiento. Es decir, la dignidad de la persona estaba en su carro.

Un día un estudiante nuevo llegó a la Escuela, conduciendo un carro, que de acuerdo con el juicio de los demás, era una verdadera carcachita. Era un modelo un poco anticuado, la pintura ya no lucía con brillo, en fin, el paso de los años era notorios sobre el automóvil.

Pero lo que más llamó la atención es que el conductor entró al estacionamiento con toda seguridad y garbo, mostrando una especie de orgullo por su carcachita.

Los demás se sintieron ofendidos por tal muestra de firmeza y querían demostrarle a ese muchacho que no tenía nada de qué estar orgulloso.

Los jóvenes también tenían la práctica (irresponsable, por cierto) de hacer carreras callejeras con sus carros los sábados en la noche. El siguiente sábado, todos estaban tratando de localizar a aquel joven de la carcachita para darle la lección de su vida.

Por fin, uno lo encontró haciendo su alto en el semáforo en una avenida. Se alineó con él y le retó a una carrera pisando el acelerador dos veces. El joven de la carcacha aceptó el reto. Al ponerse el semáforo en verde, ambos vehículos salieron rechinando las llantas, pero sucedió que el retador se dio cuenta, unos segundos después, que la carcachita iba delante de él por muchos metros de ventaja.

En un abrir y cerrar de ojos, la carcachita llegó a la meta y ganó la carrera. Todos estaban asombrados por este evento. ¿Cómo pudo ganar la carcacha? ¿Qué pasó? La respuesta la obtuvieron cuando el dueño de la carcacha abrió el capirote de su automóvil y vieron el motor modificado y adaptado que este joven y su padre (un experto en ingeniería automotriz) habían puesto en esta carcachita.

Por fuera no dabas ni un peso por ella, pero por dentro tenía una potencia, un poder inimaginable capaz de ganar cualquier carrera.

El evangelio, mis hermanos, se puede ver como una carcachita a la vista del mundo, incluso a nuestra vista en momento de debilidad, pero nunca debemos olvidar que es verdadero poder en el que podemos y debemos confiar.

En el resto de este versículo se nos dice más acerca de este evangelio que es poder. Veremos por lo menos dos acciones que logra este evangelio que es poder de Dios; dos acciones del poder de Dios que deben ayudarnos a confiar siempre en el evangelio y nunca avergonzarnos de él, sino al contrario, que seamos movidos a siempre compartirlo en todo momento y con toda persona.

El primer lugar, El evangelio es poder de Dios que salva

Romanos 1:16, A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen

El evangelio, este mensaje, esta persona, esta historia, tiene la peculiaridad de ser el medio poderoso para que alguien sea salvo.

¿Salvación? ¿De qué tenemos que ser salvados? Y no menos importante aún ¿Quién necesita ser salvo?

La Biblia, en varios lugares, plantea nuestro más grande problema como humanidad. Por el pecado estamos en una condición desesperada. Si no recibimos la salvación nuestra situación es aterradora. ¿Cuál es la situación de aquel que no ha recibido salvación?

• Quedamos Excluidos de la Gloria de Dios. “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” Romanos 3:23

• Somos condenados eternamente “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” “…y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”. Apocalipsis 20:10 y 15

• Somos objeto de la ira y el justo juicio de Dios “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” Romanos 2:5

Esta es la realidad de alguien que no ha sido salvado. Pero ¿Cómo una persona puede pasar de esta exclusión eterna, de esta condenación y de recibir esta ira justa a un estado de salvación? La respuesta es: El evangelio es poder de Dios para salvación.

El evangelio es lo que puede llevar de muerte a vida, es lo que puede cambiar a una persona de condenado a salvo, de hijo de ira a hijo de Dios, de huérfano por el pecado a hijo adoptado y amado por el Padre. Solo es por el poder del evangelio.

Y este evangelio que es poder ¿Quién lo necesita? ¿Quién necesita desesperadamente ser salvo?

Romanos 3:9-10 dice: ¿A qué conclusión llegamos? ¿Acaso los judíos somos mejores? ¡De ninguna manera! Ya hemos demostrado que tanto los judíos como los que no son judíos están bajo el pecado. Así está escrito: «No hay un solo justo, ni siquiera uno.

La Escritura es clara en declarar que no hay un solo ser humano que no necesite este evangelio, el poder de Dios, para salvación. No hay un solo justo, ni siquiera uno. No importa si eres judío o no judío, igualmente si no tienes un salvador, estás excluido de la gloria, condenado eternamente y recibirás la justa ira y el justo juicio de Dios.

Entonces, aquí se resalta la invaluable importancia y necesidad del evangelio. En el evangelio se manifiesta el poder de Dios para la salvación de todos estos reos de muerte que llegan a creerlo por gracia.

El evangelio es poder de Dios porque nos habla de la persona, del mensaje y de la historia de nuestro salvador. Su nombre es Jesús, que significa “Salvador”, y el vino para salvarnos de la exclusión de la gloria, de la condenación eterna y de la ira venidera. Jesús es buenas noticias, Jesús es “evangelio” para los que necesitamos un salvador, porque Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

Su misión era salvar al condenado, al perdido, al que inhabilitado y lo hizo tomando nuestro lugar. Él vivió la vida perfecta que nosotros no podemos vivir, y a pesar de ser justo y santo, llevó a cuestas una cruz hasta el calvario, una cruz que no merecía, una cruz que él eligió cargar. Y allí extendió sus brazos y derramó su sangre preciosa. El recibió la exclusión de la gloria, él recibió la ira de Dios, él recibió la condenación en lugar de los verdaderos culpables, de los verdaderos pecadores.

Mas al tercer día, Dios lo levantó de entre los muertos y fue declarado como el rey de reyes y señor de Señores, y ante quien toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que él es el Señor para gloria de Dios padre.

Hermanos, el evangelio que apunta a la persona de Jesucristo, que cuenta la historia de Jesucristo, que afirma el mensaje de Jesucristo es poder de Dios para salvación a todo aquel que lo cree.

Aunque tendemos a verlo como si fuera una carcachita, es verdadera dinamita de Dios para la salvación. Nuestra confianza debe estar solo en el evangelio.

El evangelio es poder de Dios para salvación, pero en este texto encontramos algo más acerca del evangelio poderoso por lo cual nunca debemos avergonzarnos de él.

En segundo lugar, El evangelio es poder de Dios que alcanza.

Romanos 1:16, A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen: de los judíos primeramente, pero también de los que no son judíos.

El evangelio que es poder de Dios, tiene brazos largos que alcanzan a cualquier tipo de personas.

El evangelio llegó primero a los judíos, pero este poder no quedó con ellos, sino sus brazos son tan largos que llegan hasta las naciones en los confines de la tierra.

El evangelio tiene un brazo tan amplio que llega a los que, por su trasfondo están preparados para escucharlo, como para los que ni idea tienen de sus conceptos más básicos. Por igual llega al judío como al no judío. El evangelio no tiene fronteras.

Los judíos conocían las Escrituras, conocían los pactos y señales. De hecho, tenían la señal de la circuncisión en sus propios cuerpos; tenían la ley, en fin, eran personas que por su trasfondo, debían haber podido recibir con agilidad el evangelio.

Por otro lado, los no judíos, eran absolutamente ignorantes de la Escritura. Tenían el testimonio de la creación, pero la Escritura era algo completamente ajeno. Estaban lejos de Dios, de los pactos, de las promesas, en fin, de todo.

Pero aún así, la verdad permanece, el evangelio es poder de Dios, para todo aquel que cree y sea judío o no judío.

No importa que tipo de persona tengamos enfrente, el evangelio es poder de Dios para salvación. Incluso de las personas más insospechadas, más inesperadas, más alejadas.

El evangelio puede alcanzar por igual a religiosos y a seculares. A eruditos y a sencillos, a “buenos ciudadanos” y a delincuentes. A personas de “buena fachada” y a gente quebrada.

Para el alcance del evangelio, nadie está demasiado lejos. Nadie está irremediablemente demasiado perdido. Nadie está fuera del alcance del poder de Dios que es el evangelio.

Siendo un joven, en una ocasión, estaba dirigiendo la primera reunión de un estudio bíblico de un grupo de jóvenes que recién se estaban acercando a Cristo después de un campamento cristiano. Como primera actividad, todos en el grupo comenzaron a compartir brevemente su testimonio.

Cada uno iba diciendo acerca de lo difícil y complicada que había sido su vida, lo mucho que habían sufrido o lo bajo que habían caído por sus malas decisiones.

Cada uno de los compañeros en el grupo tenían una historia de tristeza, sufrimiento y caos, y mientras llegaba mi turno estaba pensando: “¿Qué les voy a decir a estos jóvenes a quien voy a discipular? Mi historia ha sido muy distinta a la de ellos. Desde niño he estado cercano a las cosas de Dios, tuve una familia cristiana temerosa del Señor; procuraba obedecer las reglas y nunca me había metido en problemas serios, tuve buenas amistades sanas y edificantes, etc.” O sea, no tenía un testimonio de vida de caos y sufrimientos extremos. Pensaba que con una vida así comparada con la de ellos, como que no iba a tener autoridad para decirles algo.

Pero entonces me di cuenta de algo y eso les dije cuando me llegó mi turno. Aun con esta vida casi de ensueño, aún y con todas estas bendiciones y oportunidades maravillosas, aún yo estaba y estoy tan necesitado de un salvador para mi vida porque me estaba yendo derechito al infierno por mi pecado, aunque nunca había salido de la iglesia.

Todos necesitamos un salvador, ya sea que seamos como los judíos o como los no judíos de los tiempos de Pablo, y el evangelio tiene un brazo tan largo que puede alcanzar a las personas más insospechadas e inesperadas.

Como vemos, hay muchas cosas de las que debemos avergonzarnos, pero no del evangelio. Al contrario, nuestra confianza debe estar solo en él pues es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

Por eso, volvamos a confiar en su poder. Nuestra confianza no debe estar en lo que nosotros podemos hacer para la salvación de alguien, sino en el poder del evangelio.

Debemos siempre recordar que no hay persona o circunstancia tan lejana que el brazo largo del evangelio no pueda alcanzar y transformar. No tenemos que ser toda la vida considerados “casos perdidos”. El evangelio es poder de Dios para todo tipo de persona.

Mis hermanos, si tenemos un evangelio así de poderoso, ¿por qué esconderlo? ¿Por qué callarlo?

Fíjate como veía este asunto el apóstol Pablo. En Romanos 1:14-15: Estoy en deuda con todos, sean griegos o no griegos, sabios o ignorantes. De allí mi gran anhelo de predicarles acerca de las buenas noticias también a ustedes que están en Roma.

Si el evangelio te ha salvado, si el evangelio te ha alcanzado, si has experimentado el poder de Dios en el evangelio, entonces, considérate en deuda, tienes una responsabilidad hacia los demás, trátese de quien se trate. Tenemos una gran necesidad de compartir el evangelio. Tenemos una especie de deuda de compartir esto que hemos recibido.

Así que ora, piensa y actúa respecto a esto que has escuchado, ¿Quién o quiénes serán esas personas con las que compartirás estas noticias que no se pueden callar? ¿Quiénes son esas personas que necesitan conocer el evangelio que es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree? Ora, piensa y actúa al respecto. Somos discípulos que hacen más discípulos.

Hermanos, tenemos un maravilloso evangelio, el cual es una persona: Jesucristo. Es un mensaje: el mensaje de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Es una historia: la historia de la redención en Jesucristo. Y es poder de Dios para salvación en Jesucristo a todo aquel que cree.

Que esa sea también nuestra confesión, nuestra convicción, y nuestro llamado como discípulos de Cristo para la gloria de Dios.